No sé qué hacer, ni cómo actuar en cada momento. Me tropiezo mil y una vez mientras camino en línea recta con mi propio zapato. Normalmente me como las dudas con chocolate y mezclo tu indiferencia con mi desayuno cada mañana. Uso colonia de bebé y soy capaz de peinarme cien veces al día. Me cansa escuchar a los que hablan mucho, pero me encanta hablar durante horas con gente cuya conversación me resulta interesante. Estoy a favor del aborto y en contra del consumo de drogas. Soy un ser consumista, pero es lógico, soy adolescente, si me gusta, lo quiero tener como sea. Pido deseos a las estrellas e incluso a los números capicúas si hace falta para que se cumplan, aunque después no creo en todo ese rollo. Quiero ser madre pero no quiero casarme, veo inútil que alguien cuestione si quiero a la persona con la que posiblemente si la quiero de verdad, llevaré bastante tiempo a mi lado. Solo tengo miedo a una cosa: la soledad. El ver que no he sido capaz de venderme lo suficientemente bien como para que alguien elija conocerme y darse cuenta de que en realidad valgo más la pena de lo que en principio parecía me asusta, es más, hablando en plata, me acojona acabar sola. Estoy acostumbrada a la presión y aún así sigue consiguiendo hacerme más pequeña cada vez que aparece en una proporción mayor de la que debería. No aprendo de los golpes, normalmente soy de esas que tropieza una y otra vez con la misma piedra y que aunque la aviste a kilómetros, se sigue cayendo.
No sé como soy realmente, todavía me queda mucho por conocer, y la verdad es que prefiero ir despacio. Porque dicen que lo mejor siempre está por llegar y en esta vida, que nunca se sabe cuánto dura, lo mejor es no cansarte NUNCA de esperar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario