El día que te decidas será demasiado tarde.
Ella no solo habrá cambiado de peinado; empezará a salir más a menudo y jugará a vestirse de puta para alguno que le prometa ser un santo.
De entre todos los bares de la ciudad, meterá a un nuevo desconocido en su cama -como un día lo fuiste tú- que la hará gemir entre las mismas sábanas que meses atrás fueron testigos del amor que juraba tenerte. Ahora será otro quien le coja la mano en el cine cuando la note nerviosa, o quien le acaricie el lunar de su pierna mientras conduce.
Y a tu pesar lo único que seguirá igual será la sensación que te causa su culo cuando pasa, cuando se gira sonriendo en mitad de una broma y el mundo entero desaparece a sus pies. Seguirás siendo un invidente esclavo de sus canciones en la ducha, de sus tropiezos espontáneos y por consecuente de cuando maldiga de nuevo ese tercer escalón que le tiene manía.
Porque te juro que será inútil que intentes olvidarla. Todos tus esfuerzos terminarán por convertirse en ganas de tenerla de vuelta y finalmente en actos desesperados al ver que se ha ido para siempre. Será entonces cuando echarás la vista atrás y verás que todo lo que ella te regalaba era su tiempo y que ahora sí que te parece suficiente.
Porque caminar con ella de la mano, correr siguiendo sus pisadas en la playa o verla recién levantada en tu cocina no eran más que privilegios que a fin de cuentas jamás agradecerás lo suficiente a la vida por ponerla en tu camino.
Y tu mayor fallo será llegar a pensar que fue un error. Que el hecho de perderla te martirice y creas que todo lo que viviste fue en vano. Porque amigo mío, en eso consiste el amor.
En dar y recibir.

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