Arrojé mis penas al fondo del vaso y las ahogué con un poco de bacardi. Comencé a ver que todo tenía salida cuando de verdad quieres encontrarla. Y que a veces pensar, estaba de sobra.
Que no importa lo que los demás digan de ti. Que los espejos son bien mentirosos, lo que va dentro no lo muestran y a veces engañan.
Sentí que cuando todas las luces se apagan, siempre llega alguien que te cede su linterna y te calma diciéndote que todo va a salir bien.
Pero lo más importante, es que empecé a creer que todo acaba bien.
Porque "si quieres, puedes" es real, porque todo esfuerzo tiene su recompensa, y lo que siembras es lo que acabarás recogiendo.
Así que dejé el odio, la ira y mis malas ideas a un lado y empecé a ver a la gente más allá de lo que a veces eran capaz de mostrarme. Fui capaz de mirar a los ojos y darme cuenta que no siempre la gente es cómo la vemos.
Que cuando alguien sonríe quizá acababa de llorar de pena, o que quién no te dice te quiero continuamente es quién más se preocupa de ti.
Pero normalmente estamos tan ocupados detrás de quién nos regala los oídos que no vemos a quién suspira por nosotros en silencio.
Por todo ellos, aprendí a observar, a callar y sonreír cuando veía algo que me gustaba. A guardarme las cosas para mí, pero a compartirlas cuando era necesario.
Porque si tú sonríes, la vida te devuelve la sonrisa, el problema es de quién no sabe sonreír. Pero no sirve de nada cerrarse, pensar que nadie puede ayudarte, el mundo está repleto de personas que se matan por enseñarte a hacerlo.
"Y yo siempre estaré dispuesta a ayudarte."

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